sábado, 19 de noviembre de 2011

La creación de todo final

Uno crece, madura, se desarrolla. Aprende nuevas cosas y, en teoría, mejora.
Uno crece, madura, se desarrolla. De eso estoy segura. Pero... ¿quién dice que mejoramos con el paso del tiempo?

El arte refleja lo que somos, lo que pensamos, lo que más deseamos. Hoy tuve que dibujar un payaso. Me salió perfecto, con su nariz desproporcionadamente grande, su sonrisa brillante y sus ojos saltones. Pero había algo raro, algo que no me convencía. Cuando me di vuelta, miré los demás. Estaban pintados por chicos chiquitos, que recién empiezan a andar su propia vida. Chicos de dos, tres y hasta cuatro años. Chicos creativos, abstractos, capaces de ver más allá. Vacíos de conocimientos y contenidos, de pautas y normas, pero repletos de cosas por expresar.
¿En qué me había convertido? ¿En qué nos había convertido a nosotros, tantos años de evolución?
Ya no pensamos, ya ni siquiera creamos. No sentimos ni expresamos. ¿Acaso perdimos la capacidad de imaginar? ¿Fue el sistema el que nos comió o nosotros los sumisos que nos vendimos enteritos a su mandado?
La cultura es la mejor creación de los seres humanos, de eso no me cabe la menor duda. Pero si someterlos a la misma implica el fin de toda nueva invención, ¿cuál es el objetivo de ésta?

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